lunes, 25 de marzo de 2013

La agricultura en Mesoamérica La Gran Invención, edición 120 de la revista Arqueología Mexicana

La edición 120 de la revista Arqueología Mexicana esta dedicada a la agricultura en Mesoamérica con el título La Gran Invención. 

Saludos.
El Mayista


Índice:

• El origen
• Los cultivos
• Las técnicas
• Ritos y deidades
• Agricultura colonial




Además


Un antiguo teatro maya
Hallazgos en Noh Kah, quintana Roo, y Uxul, Campeche
• El tzompantli y las "torres de cabeza" asiáticas
La serpiente entre los hñähñü





La agricultura en Mesoamérica  
Eduardo Matos Moctezuma


 Foto: Oliver Santana / Raíces
 
Un sacerdote ataviado con lo que parece ser un tocado de cocodrilo (¿la tierra?) arroja semillas que toma de una bolsa. Mural 2, cuarto 2, Tepantitla. Teotihuacan, estado de México. 


Se analizan aquí dos aspectos que guardan estrecha relación con la agricultura como son el calendario –las temporadas de secas y de lluvia permitían programar la preparación de la tierra para el cultivo, el momento propicio para la siembra, el cuidado y crecimiento de las plantas, etc.– y la propiedad de la tierra –tema sobre el que hay pocos datos.
 
El descubrimiento de la agricultura por el hombre hace ya varios miles de años dio paso a un cambio cualitativo en el proceso de desarrollo de las sociedades, ya que trajo nuevas formas de asentamiento como el sedentarismo, surgimiento de las primeras aldeas, y una organización social específica en la que tanto el chamán como el líder del grupo cobraron importancia. Se crearon nuevos instrumentos y técnicas para el cultivo y surgió algo muy importante: la deificación del agua y la tierra como elementos fecundadores que permitían el nacimiento de las plantas. La observación cotidiana del hombre campesino lo llevó a conocer la naturaleza circundante y a establecer un calendario basado en las temporadas de secas y de lluvias y también en el movimiento solar.

Debieron de pasar algunos milenios para que se produjera un nuevo cambio al conformarse Mesoamérica y darse la aparición de sociedades complejas cuyos albores los vemos con la sociedad olmeca. Esto trajo aparejado el surgimiento del Estado, caracterizado por poseer un territorio y por la concentración de habitantes en ciudades, con toda su complejidad social, económica, política y religiosa. Estos centros podían variar entre grandes urbes como Teotihuacan, en las que la gran mayoría de la población –menos la campesina– estaba concentrada en su interior, o sitios parcialmente concentrados con moradores dispersos a su alrededor, como fue el caso de muchos sitios mayas. Lo importante de esto es que el poder económico, político, social y religioso residía en estos centros. Todos ellos se sustentaban económicamente gracias a varios factores: la producción agrícola, por un lado, y la guerra, por el otro, que podía darse por distintas causas, aunque aquí nos interesan aquellas que permitían requerir un tributo al pueblo vencido, a la vez que se hacían de tierras y de mano de obra enemiga. En estos casos, estamos ante estados imperialistas que rebasaban los límites de sus propios territorios para apropiarse de los de otros estados.


Un componente más, el comercio, se establecía tanto al interior de las ciudades, con mercados locales y regionales para la distribución de los productos, como a larga distancia, para intercambiar productos con otros Estados.




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El origen de la agricultura
Emily McClung de Tapia


  Foto: Claudio Contreras Koob

El maíz es una planta domesticada a partir de la especie de teosinte (Zea mays ssp. Parviglumis), cuyos parientes más cercanos han sido rastreados en la cuenca del río Balsas, que comprende parte de los estados de Jalisco, Michoacán y Guerrero. Teosinte. Cuenca del río Balsas.


La agricultura implica el establecimiento de un sistema de subsistencia humana en el que la producción y el consumo de plantas cultivadas, principalmente las domesticadas, son fundamentales. Representa la culminación de una serie de procesos interrelacionados, ya sean de carácter socioeconómico o biológico y ecológico.

Como es sabido, el territorio mesoamericano fue uno de varios centros prehistóricos del cultivo y domesticación de plantas. La producción de los alimentos proporcionó la base para el desarrollo posterior de sociedades que dependían de una serie de plantas cuyas modificaciones y subsecuentes adaptataciones a diversas condicionales ambientales las hacían adecuadas para el consumo humano.
Algunas de las especies más importantes son maíz (Zea mays L.), frijol (Phaseolus spp.), calabaza (Cucurbita spp.), chile (Capsicum spp.), tomate (Physalis spp.) y aguacate (Persea americana), además de un gran número de especies secundarias, propias de las diversas regiones y áreas culturales. 


A diferencia de otras regiones del mundo prehistórico, en Mesoamérica, por la ausencia de especies apropiadas, no se domesticaron animales aptos para tira y carga; los principales animales adaptados a la producción para fines alimenticios fueron los perros autóctonos (Canis familiaris), guajolotes (Meleagris gallopavo) y, posiblemente, conejos (Sylvilagus floridanus). 


Antecedentes
 
Los primeros estudios en torno al inicio de la producción de plantas alimenticias tomaron en cuenta restos botánicos macroscópicos provenientes de abrigos rocosos y cuevas excavados por R.S. MacNeish en la Sierra de Tamaulipas y la Sierra Madre (Tamaulipas), así como en el Valle de Tehuacán (Puebla) durante los cincuenta y sesenta del siglo pasado. Posteriormente se dieron a conocer evidencias adicionales provenientes de los sitios de Guilá Naquitz (Oaxaca) y Tlapacoya en la Cuenca de México. Este periodo se distingue por una especie de efervescencia en torno al tema de la domesticación de las plantas, y sin embargo, después hubo poca continuidad en los estudios, hasta finales de los noventa.


Durante el presente siglo, las contribuciones sobre el tema se han enfocado hacia los restos microbotánicos, en particular polen, fotolitos y, más recientemente, gránulos de almidón, especialmente a partir de los descubrimientos en San Andrés, Tabasco (Pohl et al., 2007), en el abrigo rocoso de Xihuatoxtla, Guerrero (Piperno et al., 2009) y en Veracruz (Sluyter y Domínguez, 2006). 


Guillermo Acosta-Ochoa (2008) reportó restos tanto macrobotánicos como microbotánicos, indicadores de una transición –a partir de la recolección de una amplia gama de plantas silvestres– hacia la incorporación de especies domesticadas en la Cueva de Santa Marta, Ocozocuatla, Chiapa.


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Domesticación y cultivo de plantas
alimenticias de México

Abigail Meza


Foto: Alejandro Torres Montúfar
 
Restos de olotes. Cueva de
San Marcos, Tehuacán, Puebla.


 En este trabajo se mencionan las principales plantas que fueron domesticadas en México y que forjaron el cambio de las sociedades nómadas, de cazadores-recolectores, a sedentarias; esas plantas han contribuido de forma importante a la evolución y desarrollo de la agricultura y al sustento de la humanidad en el mundo.



La domesticación es un proceso de invención humana lento y progresivo, que implica la apropiación del recurso a partir de su medio natural para reproducirlo fuera de su bioma y afianzar la disponibilidad de los productos vegetales alimenticios, garantes del sustento de la población humana. Es resultado de la observación sistemática y constante, por miles de años, del entorno ecológico y su comportamiento cíclico anual. En este proceso sobresale el papel de los cazadores-recolectores. Éstos, en estrecha relación con su medio natural, que ocupaban de forma alternativa, por la disponibilidad de alimento y abrigo, fueron integrando a su entorno las plantas que les eran útiles mediante mecanismos que reproducían sus propios sistemas de propagación y que, por prueba y error, lograron propagarlas, por sus frutos, follaje o semillas para la sustentación, medicina, vestido, etc. Tras el arribo de los españoles, tales plantas mexicanas conquistaron el orbe y hoy son elementos básicos de la alimentación internacional. 




El registro arqueológico tiene evidencias sobre el proceso de domesticación y de la agricultura incipiente hasta su establecimiento pleno a lo largo de varios milenios. A partir de esta base se describen, de manera sucinta, las principales plantas cultivadas que han acompañado al hombre desde que las domesticó y las integró a su sistema de vida, y cuyos restos forman parte de la Excerpta Arqueobotánica del INAH. Este acervo alberga los restos más antiguos de frutos, testas, olotes y semillas de calabaza, maíz y frijol, entre muchas plantas de recolección y cultivadas, que son testimonio de su utilización por grupos humanos; se conservaron en el interior de diversas cuevas secas del valle de Tehuacán (Puebla), del valle de Oaxaca y de Ocampo (Tamaulipas), entre otros sitios de ocupación temprana en México.


El maíz como testimonio de agricultura incipiente

Las cuevas secas del valle de Tehuacán, excavadas por MacNeish en los sesenta del siglo XX, permitieron el hallazgo de restos de maíz, frijol, calabaza y chile, principalmente. Los vestigios más antiguos de maíz (Zea mays L.) en América están representados, sobre todo, por olotes. Se considera que éste y el teocintle (Z. mays var. mexicana) derivaron de un ancestro silvestre, cuya domesticación en México se ubica en hace más de 7 000 años y tal vez ocurrió en la región de Tehuacán, Puebla (Mangelsdorf et al., 1967), pues allí se encontraron olotes con cuatro y seis hileras de granos, de tamaño pequeño (3-5 cm de largo); seguramente el producto de miles de años de prácticas de intervención humana e hibridación entre los maíces silvestres, incluyendo el teocintle. 

Su domesticación, al parecer, estuvo dirigida al incremento en el tamaño del olote y el número de las hileras de granos por unidad de fruto, hasta obtener mazorcas de más de 15 cm de largo y con 16 hileras de semillas o más, entre otros caracteres que derivaron en la generación de numerosas variedades de maíz, las cuales conllevan muchas ventajas de adaptación y resistencia a distintas condiciones ambientales.

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Técnicas, métodos y estrategias agrícolas
Teresa Rojas Rabiela


 Foto: agn

Continuidad de paisajes y prácticas agrícolas prehispánicas: plantación de magueyes en monocultivo o bien mezclados con frutales (probablemente tejocotes) en la zona cerrilde Xochimilco, 1585. agn, Vínculos, vol. 279, exp. 1,f. 116, núm. 2964, 978/1604. 


 Mesoamérica fue el escenario privilegiado de la aparición de una agricultura compleja y milenaria basada exclusivamente en el trabajo manual. Conocer las claves ambientales, técnicas y sociales de esta actividad resulta de mucho interés porque nos permite comprender mejor el desarrollo y funcionamiento de aquellas sociedades, y así no limitarnos sólo a admirar sus logros intelectuales y arquitectónicos.


Civilización y agricultura sin animales de trabajo

Una característica que hace única a Mesoamérica cuando la comparamos con las demás civilizaciones del mundo antiguo, como China, Mesopotamia o Egipto, es que aquí no hubo domesticación de animales con los que sus agricultores se ayudaran en las labores del campo y el transporte, o que dieran lugar a la ganadería. Esta peculiaridad imprimió al desarrollo social y político de Mesoamérica un sello propio, que probablemente desde el principio la orientó hacia la organización de la energía humana para realizar las diversas actividades, particularmente las relacionadas con la creación de infraestructura, así como a la transformación de los paisajes. 


En la agricultura, el trabajo manual dio lugar a un conjunto de técnicas y de estrategias de manejo que, junto con el mejoramiento fitogenético de las especies y la intensificación del uso del suelo lograda por medio de la irrigación y del aterrazamiento, dieron lugar al aumento progresivo de la capacidad productiva. Conocemos razonablemente bien los sistemas de organización social del trabajo de la época cercana a la conquista española, que eran dirigidos por los señoríos regionales y por los estados imperiales (tarasco, mexica), pero difícilmente podremos documentarlos para épocas anteriores. Se trata de un modelo posible según el cual las sociedades mesoamericanas habrían descansado en la movilización colectiva de la energía humana, así como en la capacidad de su agricultura para producir e incrementar los excedentes necesarios para su desarrollo. Enseguida se consignan algunas “claves” de esta “agricultura sin animales”.

Primera clave: la diversidad ambiental

La diversidad ambiental del área mesoamericana se relaciona directamente con su carácter montañoso y con su ubicación en el límite norte de los trópicos, lo cual influye en los climas, que varían de tipos de latitudes medias a otros subtropicales y tropicales, que se reflejan a su vez en la distribución de la vegetación, los animales y los suelos. En materia de vegetación, Mesoamérica se sitúa en la intersección de dos reinos o dominios biogeográficos, lo cual permite la existencia de hasta 45 tipos diferentes de vegetación, con un 20 a 30% de endemismo (plantas que sólo se encuentran allí), de un total estimado de 30 000 especies (de acuerdo con Víctor Manuel Toledo). 



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Ritos y deidades del ciclo agrícola
Johanna Broda

 Digitalización: Raíces

Limosnero de Tláloc pidiendo el etzalli durante
el mes VI etzalcualiztli. Calendario de Tovar, lám. XII.



 La sociedad mexica era una antigua civilización agrícola. En este sentido, la ideología del Estado mexica se expresó a través de un elaborado calendario de fiestas en que las deidades del maíz ocupaban un lugar central. El ciclo de regadío aparece en los ritos subordinado al simbolismo principal del ciclo de temporal, situación que aún se reconoce hoy en día. Esta investigación pro-pone que el ciclo de fiestas católicas impuestas después de la conquista fue adaptado en algunos aspectos a esa estructura del calendario prehispánico de rituales agrícolas.


 Cosmovisión y observación
de la naturaleza en Mesoamérica

La cosmovisión mesoamericana como percepción estructurada de la naturaleza y del lugar del hombre en el cosmos, se derivaba de una observación precisa y prolongada de los fenómenos del medio ambiente, entre ellos el paisaje, el clima y los ciclos de vida de las plantas y los animales. Si bien el tema es amplio y el argumento se puede extender a toda el área cultural de Mesoamérica, con sus paisajes contrastantes al igual que los climas y la vegetación variada, en estas líneas nos referimos principalmente al Altiplano Central y a la Cuenca de México, ya que los cronistas del siglo XVI como fray Bernardino de Sahagún o fray Diego Durán –nuestra principal fuente de información– se refieren a la sociedad mexica del momento anterior a la conquista española.

La sociedad mexica era una civilización agrícola, último eslabón de sociedades mesoamericanas que habían establecido el cultivo del maíz como alimento básico, alimentación que se complementaba con el fríjol, la calabaza y una enorme riqueza de otros productos agrícolas que provenían de una milenaria historia de experimentación y observación. La ideología del Estado mexica, es decir su religión, su cosmovisión y el complejo ritual de las fiestas del calendario, se basaban también en la agricultura como el sustento básico. 

A partir de los ciclos agrícolas del maíz y nuevamente como herederos de las culturas que los antecedieron, los mexicas concibieron un complejo panteón de deidades íntimamente relacionadas con las actividades productivas. Este panteón estaba vinculado con el culto a la Tierra, así como con los aspectos meteorológicos del culto de la lluvia, los cerros y el mar –aunque, sin duda, existían también otros aspectos de la religión que giraban alrededor de cultos como el solar, de los astros, del fuego y de los muertos.


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Agricultura colonial indígena
Teresa Rojas Rabiela


Foto: agn

La agricultura en chinampas y el patrón de asentamiento prehispánico persistieron hasta que la población indígena declinó. Zona cercana a Tláhuac, donde Bernardino Arias, español, solicitó una merced, que le fue negada, de chinampas en el barrio de Santa María Magdalena para su ganado. Cuitláhuac, D.F. 1579. AGN, Tierras, vol.2681, exp.6, f.2. Núm. 1596. 978/0234. 

Los campesinos de la época colonial continuaron con sus prácticas agrícolas de tradición mesoamericana, al mismo tiempo que experimentaron, adaptaron y se apropiaron de muchas de las innovaciones introducidas por los españoles en materia de plantas y animales, herramientas y máquinas, todo en el contexto de la irrupción del ganado y la severa baja demográfica. Por su parte, los españoles se beneficiaron con los productos de algunas plantas nativas que les reportaron grandes beneficios. 


Continuidad, experimentación y apropiación

La primera etapa del periodo colonial puede muy bien ser considerada como una prolongación de la época mesoamericana o como la última parte de la prehispánica, dadas las grandes continuidades en paisajes, modos de producción, formas de organización social y cultural. Pero evidentemente fue un tiempo de cambios, algunos revolucionarios, en el curso del cual los campesinos experimentaron, conocieron y se apropiaron de un sinfín de novedades traídas por los españoles: plantas, animales, hierro, arado, máquinas complejas y abonos. 
 
Y otra hubiera sido la historia… Población a la baja

Este proceso de aculturación agrícola característico de las primeras décadas del periodo, nos invita a imaginar lo que habría sucedido si la población nativa hubiera sobrevivido a las terribles epidemias que la asolaron. Otra hubiera sido la historia. Las cifras son aterradoras: la disminución porcentual estimada de la población indígena del centro de México fluctuó entre 50 y 60% en el lapso 1520/1530-1550, y probablemente de un 90% acumulado hacia 1600-1620, de acuerdo con Assadourian. García Martínez consigna para la Nueva España y entidades adyacentes (Tabasco, Yucatán, Nueva Galicia y Sinaloa), un total de 17 858 000 indígenas para 1519, que se había reducido a 548 000 en 1550, cantidad que volvió a disminuir drásticamente a causa del “gran cocoliztli” (probablemente tifo), ocurrido entre 1576 y 1581, que bajó casi a la mitad el total de la población de la Nueva España. 

Y simultáneamente, la prodigiosa multiplicación del ganado

El segundo fenómeno biológico que afectó el curso de esta historia ocurrió casi simultáneamente al demográfico: el desbordante crecimiento del ganado (bovino, caprino y ovino), por ello equiparado a una marea o plaga que asoló sembradíos, poblados y reservas territoriales. A partir del análisis de las consecuencias ambientales de la “plaga de ovejas” que afectó el valle del Mezquital en el siglo XVI y de su comparación con el caso de Australia, donde también se introdujeron ovejas, E. Melville logró explicar el fenómeno producido cuando se introdujeron ungulados (herbívoros con pezuñas duras) a las praderas o sabanas vírgenes con abundancia de pastos: “se reproducen, hasta minar la capacidad de manutención de las comunidades vegetales… Entonces su población se viene abajo y luego alcanza un equilibrio…” 


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 ARQUEOLOGÍA

Noh Kah: pobladores de la montaña
Nuevos hallazgos

Javier López Camacho, Araceli Vázquez Villegas, Luis Antonio Torres Díaz


Foto: Araceli Vázquez Villegas

 Las piedras de revestimiento cuadrangulares que se ven en la parte superior corresponden al edificio; mientras que las alargadas, abajo, son del basamento que lo sustenta. Muro expuesto. Grupo El Paredón.

 Noh Kah contribuirá a probar la validez de una supuesta correlación entre patrón de asentamiento en grupos separados y temporalidad asociada al Clásico Temprano, para que una vez situado en tiempo este patrón podamos determinar qué dinastía(s) construyó o construyeron esos paisajes sagrados de acuerdo con los principios que regían su visión del mundo.

A finales de 2012 el Centro INAH Quintana Roo en colaboración con la Escuela Nacional de Antropología e Historia llevaron a cabo los trabajos para elaborar el mapa topográfico y documentar un extenso sitio emplazado en el relieve abrupto que forman los lomeríos en el sector meridional del sur de Quintana Roo, esto en el ejido Botes anexo Rovirosa, situado en la ribera del río Hondo y colindante con Belice. Por su monumentalidad y extensión fue nombrado Nohcah (gran poblado o ciudad) por los ejidatarios. Se trata de un asentamiento prehispánico maya que presenta un patrón similar a otros sitios de la región, como Dzibanché, Pol Box, El Resbalón, Nicolás Bravo, La Unión, Nueva Esperanza y La Juventud, por citar algunos de ellos. En dicho patrón, en vez de formarse un solo núcleo que concentra las estructuras monumentales, éstas se distribuyen en grupos arquitectónicos a distancias variables entre 0.5 y 3 km, más o menos, formando un sistema de asentamiento. La unidad que constituyen esos grupos se reconoce en superficie por presentar al menos alguna de estas características: declinación común en la traza, orientación visual de las estructuras mayores entre sí, o comunicación a través de calzadas.
En la corta temporada de campo se produjeron los mapas topográficos de cuatro grupos arquitectónicos, tres de ellos situados en un eje oeste-este: El Corozal, El Pich y El Paredón, respectivamente; mientras que otro, nombrado El Veinte, se ubica al sur. Estos nombres son topónimos locales reconocidos por los pobladores. La forma y organización de los montículos, así como la mampostería expuesta revelan dos etapas culturales, una de ellas relacionada con la expansión de instituciones de gobierno y cultura material a partir del Petén Central durante el Clásico Temprano, tal como lo apuntó hace varios años Tatiana Proskouriakoff; y otra correspondiente al Clásico Tardío, asociada a la influencia emanada posiblemente desde la Provincia de Río Bec, en la región central de la península de Yucatán, décadas después de la derrota de Tikal, en el año 562 d.C., infligida posiblemente por Calakmul.

A continuación presentamos una breve descripción preliminar del sitio con base en la información obtenida en los trabajos de campo. 

El sitio
 
El Corozal. Es un grupo pequeño que ocupa el extremo poniente del sistema de asentamiento Noh Kah, justo en la margen oeste de un pantano boscoso que presenta una gran aguada que abasteció a la población prehispánica. Aquí se observan dos conjuntos en torno a plazas, el más preponderante es el del sur, el cual se comunica con el Conjunto Norte por medio de una calzada acondicionada sobre el relieve irregular.



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La tumba 1 de la Estructura K2
Uxul, Campeche
Kai Delvendahl, Nikolai Grube


 Foto: Proyecto Arqueológico Uxul

Este plato de Estilo Códice estaba colocado sobre el cráneo del individuo de la tumba 1; tiene una inscripción que es común en las vasos que los antiguos mayas usaban para tomar una bebida preparada con cacao. Se puede asumir que el plato servía para contener los frutos maduros del cacao. Tumba 1, Estructura K2. Uxul, Campeche.
 Excavaciones recientes en una estructura palaciega de la antigua ciudad maya de Uxul llevaron al descubrimiento de la tumba de un personaje de alto rango, probablemente un ch’ok, joven príncipe.

Desde la década de los sesenta del siglo pasado, los sitios mayas del Petén campechano y guatemalteco han sido blanco de saqueos masivos, que han causado daños irreparables a los templos y palacios prehispánicos y han provocado la pérdida de innumerables piezas de cerámica, jade y otros materiales robadas de las tumbas y ofrendas. Lamentablemente, el sitio arqueológico de Uxul, en el extremo sur de Campeche, no ha sido la excepción. Desde su descubrimiento gracias a la tercera expedición de la Institución Carnegie, a cargo del arqueólogo norteamericano Karl Ruppert en 1934, y hasta su redescubrimiento por el arqueólogo esloveno Ivan Šprajc, en 2005, y el inicio de los trabajos del Proyecto Arqueológico Uxul de la Universidad de Bonn, en 2009, bajo la dirección de Nikolai Grube, el sitio ha sido repetidas veces objeto de saqueo profesional. Como resultado, se han contado hasta la fecha más de 300 calas de saqueo en prácticamente todas las estructuras del centro del asentamiento, e incluso en la mayoría de las estructuras mayores de las agrupaciones lejanas y periféricas. El número probablemente ascenderá conforme avance la actual investigación topográfica del sitio. El daño causado por esos saqueos, tanto en términos materiales, arquitectónicos y estructurales como en términos históricos y culturales, por el detrimento del contexto arqueológico, es incalculable.

Uno de los edificios de Uxul que milagrosamente ha escapado a la fatalidad de un saqueo masivo es la Estructura K2, el edificio principal del conjunto palaciego real en el centro de la ciudad (Grupo K). Ya que casi no ha sido alterado por actividades humanas después de su abandono, esta estructura fue elegida desde 2011 como uno de los objetivos del Proyecto Arqueológico Uxul. Durante el periodo en que estuvo en uso el conjunto palaciego, por lo menos en los siglos VII y VIII, de acuerdo con las excavaciones de los años pasados, esta estructura era el acceso principal hacia el interior del grupo, y llevaba al visitante desde las plazas principales al inmenso Patio Noreste, el cual, con una extensión de aproximadamente 45 x 50 m, es por su tamaño solamente comparable con los patios de los palacios principales de Calakmul.


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El complejo teatral de Plan de Ayutla, Chiapas
Luis Alberto Martos López

 Foto: Luis Alberto Martos López

Este fragmento de estuco modelado es una efigie del Dios Joven del Maíz y formaba parte de un cinturón de poder que usaban los gobernantes mayas; debajo de la cabeza se ven tres celtas o hachas. Este fragmento y varios más parecen haber formado parte de la decoración del friso de la plataforma de desplante de la Estructura 7. Plan de Ayutla, Chiapas.

El complejo teatral de Plan de Ayutla, Chiapas, adquiere especial importancia como vehículo y medio de legitimación y reafirmación política, de allí su emplazamiento en el palacio mismo, porque se buscaba el reconocimiento político de las cortes locales.

 En 1976, los lacandones de Bonampak, Chiapas, condujeron al arqueólogo Peter Schmidt a un sitio arqueológico hasta entonces desconocido por el mundo académico, el cual se localizaba en las selváticas inmediaciones del recién fundado pueblo tzeltal de Plan de Ayutla, en la región del alto Usumacinta, Chiapas.

En el breve reporte que elaboró Schmidt se colige la grata impresión que el sitio le causara, tanto por sus dimensiones y complejidad como por el buen estado de preservación de la arquitectura. Recomendó a las autoridades locales que procurasen la protección de las ruinas y que las reportaran al INAH; por último, propuso que el sitio podría bautizarse como Toyolnah, que en tzeltal significa “casa en lo alto”, pues los principales edificios se levantaban sobre colinas.

El reporte de Schmidt, empero, se perdió en los archivos, el sitio no volvió a recibir atención o mención alguna y tuvieron que transcurrir 28 años para que ocurriera una nueva visita oficial, pues no fue sino hasta febrero de 1994, cuando el arqueólogo Alejandro Tovalín realizó una inspección y elaboró un reporte en el que señaló la necesidad de intervenir las estructuras para evitar su destrucción. En octubre de 2001, el mismo investigador regresó al sitio en compañía del arqueólogo Arnoldo González, en atención a la petición de los propios vecinos de Plan de Ayutla, quienes previamente habían limpiado de vegetación las estructuras principales y aun habían despejado de escombros algunos sectores de una de las acrópolis, con el afán de atraer turistas al pueblo.

En noviembre de 2002 fui invitado por la arqueóloga Laura Pescador, entonces directora del Centro inah Chiapas, para visitar el sitio con miras a la preparación de un proyecto integral de investigación y restauración, lo que cristalizó en el desarrollo de una primera y breve temporada de campo hacia finales de 2003, a la que siguieron trabajos adicionales en 2004 y 2005.

A partir de noviembre de 2008 hemos reiniciado los trabajos con una mayor intensidad, explorando un buen número de edificios, principalmente de la Acrópolis Norte, conjunto que funcionó como el palacio de los señores del sitio y en donde recientemente se ha descubierto un interesante complejo teatral, del que trataremos en este trabajo.


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El tzompantli en Mesoamérica
y las “torres de cabezas” en Asia

Yolotl González Torres

  Reprogafía: Marco Antonio Pacheco / Raíces


En varios pueblos de Mesoamérica, la exhibición de cabezas de los enemigos parece haber ocurrido con frecuencia. Las cabezas eran colocadas en una estructura llamada tzompantli, “muro, hilera o bandera de cabezas”. En algunas de las crónicas de los conquistadores españoles hay descripciones de la forma en que eran dispuestas las cabezas cercenadas. Templo Mayor de Tenochtitlan y tzompantli. Fray Diego Durán, Historia de las Indias de la Nueva España e islas de Tierra Firme, cap. LXXX.
 El uso de la cabeza como elemento de exhibición pública era muy importante y extendido en Mesoamérica, en los llamados tzompantli, pero llama la atención el uso similar que se le dio entre algunos pueblos asiáticos, las “torres de cabezas”, principalmente entre los descendientes de los mongoles y turcos. 
 
La exhibición de las cabezas de los enemigos o incluso las de los ajusticiados por diversas causas ha sido una práctica bastante común entre muchos pueblos del mundo. En Mesoamérica, la exhibición masiva de cabezas parece haber ocurrido sobre todo entre los mexicas, pueblos aliados y vecinos, aunque en 1982 Charles Spencer exhumó un tzompantli intacto en la loma de La Coyotera, Oaxaca, mientras que Roys (en Mendoza, p. 398) menciona las cabezas de los extranjeros insertadas en los muros de Chakán Putún, Guatemala.

Tzompantli significa “muro, hilera o bandera de cabezas” y se le menciona en las descripciones de los conquistadores, testigos de estas estructuras. Asimismo, se han localizado restos arqueológicos que son evidencia de esa costumbre. Las cabezas exhibidas en los tzompantli eran de los individuos sacrificados en honor de los dioses, la mayor parte de ellos cautivos, y también de los ixiptla o representantes de los dioses. Los cráneos generalmente se ensartaban mediante un agujero que se hacía en las sienes, algunos después de haberles quitado toda la carne y otras veces dejándoles la piel y el cabello. Hay algunas descripciones e ilustraciones en las que las cabezas muestran los rasgos faciales y el cabello, incluso de españoles que fueron sacrificados por los indígenas y colocados como trofeos en el tzompantli, junto con las cabezas de algunos de sus caballos, como lo describe Bernal Díaz del Castillo. 

El tzompantli

Los tzompantli variaban de tamaño y en los códices sólo son representados con dos varas y un cráneo, lo que puede indicar que la mayoría eran pequeños, a no ser de que fuera una forma estilística de representarlos. En Tenochtitlan había siete de estas construcciones, asociadas con siete diferentes dioses y seguramente de tamaños muy distintos. En el dedicado a Yacatecuhtli se colocaban específicamente las cabezas de las “imágenes” de los dioses de los mercaderes sacrificados en el mes de xócotl huetzi; las de los esclavos que se ofrendaban en panquetzaliztli, mes dedicado sobre todo a Huitzilopochtli, se colocaban en el huey tzompantli, el cual estaba frente al huey teocalli, sobre un basamento de gradas incrustadas con cráneos de piedra que mostraban las caras, conocido también como tzompantli por los arqueólogos.

Andrés de Tapia, uno de los conquistadores y compañero de Cortés, describe el gran teocalli de Tenochtitlan, al que llama “torre de ciento trece gradas”, y agrega:


…estaban frontero de esta torre, sesenta o setenta vigas muy altas hincadas desviadas de la torre cuanto un tiro de ballesta, puesta sobre un treatro [sic] grande hecho de cal e piedra e por las gradas de el muchas cabezas de muertos pegadas con cal e los dientes hacia afuera. Estaba de un cabo e de otro destas vigas dos torres hechas de cal e de cabezas de muertos, sin otra alguna piedra, e los dientes hacia afuera en lo que se pudie parecer, e las vigas apartadas una de otra que una vara de medir, e desde lo alto dellos fasta abajo puestos palos cuan espesos cabien, e en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes en el dicho polo: e quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbría, contaron los polos que habie e multiplicando a cinco cabezas cada palo, de los que entre viga y viga estaban, como dicho he, hallamos a ver ciento treinta y seis mil cabezas, sin las de las torres (De Tapia, AÑO, pp. 18 y 19).


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 ANTROPOLOGÍA SOCIAL


K’eña
la serpiente, entre los hñähñü
del Valle del Mezquital, Hidalgo

Edith Yesenia Peña Sánchez

 Foto: Yesenia Peña / Proyecto Estrategias de Supervivencia Doméstica y sus Consecuencias en la Salud, daf-inah

 
Algunos hñähñü cazan serpientes, localizan la madriguera del animal, lo sacan jalándolo de la cola y con una horqueta de madera inmovilizan la cabeza. Finalmente, lo toman fuertemente con la mano y lo meten en un morral o costal. 


 Desde la época prehispánica, las diferentes especies de víboras han tenido un lugar crucial en la cosmovisión de los pueblos y han desempeñado un papel sagrado, representativo de las fuerzas naturales. Entre los hñähñü del Valle del Mezquital esta relación se manifiesta claramente por tratarse de un animal con propiedades alimenticias y curativas, entre otras.
 
La relación del ser humano con la naturaleza ha sido una de las temáticas principales de estudio de las ciencias antropológicas. A partir de la observación del medio ambiente el ser humano ha generado saberes y conocimientos que le han permitido satisfacer sus necesidades mediante la recolección, la caza, la pesca, el desarrollo de la agricultura, la domesticación de animales, el establecimiento de ciclos de la flora y fauna, lo que en conjunto permitió el asentamiento y la conformación de poblaciones. Algunas de estas formas de interacción se reflejan en las prácticas y representaciones culturales, que se pueden reconocer en los descendientes de las actuales poblaciones indígenas.
Según relatos de los cronistas, en la época prehispánica existía una enorme variedad de flora y fauna que no solamente era aprovechada para el consumo humano sino que se relacionaba con una manera particular de pensar y vivir el mundo. De forma que se generaba una relación entre el ser humano, la naturaleza, la sociedad y el universo. 


Se cuenta con fuentes históricas que documentan la caza de venados (Odocoileus), liebres (Lepus), tlacuaches (Didelphis marsupialis), armadillos (Dasypus), zorrillos (Mephitis oroura), ratas de campo (Rattus), aves, lagartijas y víboras (Sahagún, 1985), así como la domesticación del guajolote (huexolótl) y del perro (xoloizcuincle otlachichi) (durante el virreinato, en la Nueva España, los indios, negros y mezclas tenían prohibido tomar leche y carne de vaca, cerdo, ovino, caballar y gallina; Cardona, 2007), y la relación que se establecía con algunos animales para mantener y cuidar los ciclos, naturales y rituales, las casas y las siembras. Uno de los animales con mayor complejidad simbólica es la serpiente, llamada cóatl en náhuatl, kokob en maya y k’eña en hñähñü. En los códices algunas de ellas son representadas en su entorno natural y como elementos míticos en vestiduras (la falda de Coatlicue), otras en armas (la xiuhcóatl, arma de Huitzilopochtli) y otras como dioses (la serpiente emplumada como Quetzalcóatl) (las de cascabel o serpientes de fuego, Crotalus sp, y las coralillo, Microrous sp., son las más representativas; Del Campo, s/f). Asimismo, a las serpientes se les asociaba con el cuchillo, el rayo, la nube y la lluvia (Seler, 2008). Las víboras de agua verdes y amarillas se asociaban con los rituales de graniceros y rayados. Los pedidores de lluvia las emplean agarrándolas de la cola, agitándolas en formas de torbellinos y azotándolas contra el suelo, con el fin de hacer llover.


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 MENTIRAS Y VERDADES

¿Sacrificaban al que ganaba
en el juego de pelota?

Eduardo Matos Moctezuma


  foto: Carlos Blanco / Raíces

 Los personajes que se ven en el centro están ataviados como jugadores de pelota y por lo menos dos de ellos llevan una manopla. Tablero noreste, Juego de Pelota Sur. Tajín, Veracruz.

 La pregunta viene a colación porque frecuentemente escucho a personas que con gran aplomo afirman que, en efecto, a los jugadores que ganaban se les sacrificaba a los dioses. Sin embargo, no hay datos que permitan aseverar esto; por el contrario, existen ciertas evidencias que permiten negarlo. Para comenzar, es necesario aclarar que el juego de pelota, además de ser una práctica de distracción en ocasiones ejercitada por jugadores profesionales en que podía apostarse y se privilegiaba al ganador, sin que necesariamente llevara a la muerte del perdedor, tenía un contenido simbólico de enorme importancia relacionado con la guerra ritual o la lucha entre la noche y el día, la luz y la oscuridad, en que los componentes del bando enemigo que perdía eran sacrificados. Este segundo contenido es el que nos interesa en particular.

Pero veamos las características que tenían las canchas para el juego: las hay de grandes dimensiones como las de Chichén-Itzá y Tula, con más de cien metros de extensión, o muy pequeñas, de unos cuantos metros. Se han detectado por lo menos dos con canchas dobles en las que se podía jugar simultáneamente (Matos, 2000). Las hay con cabezales y sin ellos; abiertas en sus extremos o cerradas; con talud inclinado o paramentos verticales; con anillos de piedra o con marcadores especiales. En fin, que sus formas y dimensiones presentan gran variedad y están orientadas la mayoría de las veces norte-sur u oriente-poniente. Inclusive hay espacios destinados al juego en lugares abiertos, como se ve en el mural de Tepantitla en Teotihuacan con sus marcadores a los extremos. Su importancia era tal que hasta el momento se han podido detectar alrededor de 1,500 canchas a lo largo y ancho de Mesoamérica (Taladoire, 2000; 2012). Se jugaba con protectores de cuero para manos, caderas y cintura, y en ocasiones con máscaras, como se ve en Dainzú o en el mural de la tumba de Huijazoo, ambos en Oaxaca. 

A las pelotas de hule –de las que se han encontrado varias en distintos sitios– se les pegaba con las caderas, los muslos y las manos. En Teotihuacan se ve el uso de bastones presumiblemente de madera. A veces se protegía la cintura con especies de yugos (imitación de los de piedra), como se aprecia en muchas figurillas mayas o en relieves en El Tajín, donde por cierto se han encontrado hasta 16 canchas para el juego.

Se ha prestado a controversia el número de jugadores que participaban. El Popol-Vuh asienta: “…de dos en dos se disputaban los cuatro cuando se reunían en el juego de pelota” (Popol-Vuh, 1971, p. 49). Por su parte, Torquemada dice que podían ser de uno a uno, dos contra dos, “tres a tres y a las veces dos a tres” (Torquemada, 1977, IV, p. 343).


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 DOCUMENTO
 
Descripción de la Ciudad y Provincia de Tlaxcala
(Manuscrito de Glasgow)

Xavier Noguez


  Foto: Archivo de Xavier Noguez



CONTENIDO
Esta relación contiene un largo texto en español (234 fojas) que se escribe en respuesta a un cuestionario pedido por el rey de España Felipe II, en 1577, para conocer el medio físico y humano, así como la historia de las colonias americanas (véase el núm. 105 de esta revista). A esta empresa se le conoce ahora como las Relaciones geográficas. Además del texto citado, y de manera extraordinaria, se incluyeron 156 dibujos a tinta que tratan diversos temas: a) dos escudos de armas, uno de Felipe II y otro desconocido; b) noticia gráfica de las cuatro cabeceras que formaban el altépetl de Tlaxcala, con sus respectivos gobernantes: Quiyahuiz-tlan, Tepeticpac, Ocotelolco y Tizatlan; c) una sección que se ha intitulado la “evangelización temprana” y que incluye los duros castigos que se impusieron a algunos personajes importantes que fueron acusados de mantener sus rituales paganos; d) planos de las principales construcciones religiosas y civiles de la ciudad; e) las llamadas nueve provincias de Tlaxcala, cuyos glifos toponímicos se acompañan de mitras obispales; f) escenas adulatorias donde aparecen Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Carlos V y Felipe II; g) la sección más amplia que trata de los apoyos logísticos y militares que prestaron los tlaxcaltecas a los españoles durante la conquista de los mexicas y, posteriormente, en otras regiones dentro y fuera de Mesoamérica.


FECHA DE ELABORACIÓN

Entre 1581 y 1585.


Lugar de origen
El altépetl o señorío de Tlaxcala, constituido por cuatro cabeceras, mencionadas previamente.



Breve historia
Alonso de Nava, alcalde mayor de Tlaxcala (1579-1583), comisionó a Diego Muñoz Camargo la redacción del texto que contestara el cuestionario enviado desde España en 1577. Muñoz Camargo inició su trabajo en 1581. Entre 1584 y 1585 se realiza una copia de su manuscrito, la que es encuadernada y entregada directamente al rey hispano. El historiador tlaxcalteca participó en esta entrega, puesto que había formado parte de una embajada que partió hacia la península en 1583 y regresó en 1585.
 

Otros títulos
El título completo de la obra es: Descripción de la Ciudad y Provincia de Tlaxcala de la Nueva España e Indias del Mar Océano para el Buen Gobierno y Ennoblecimiento dellas. Mandada hacer por la S.C.R.M. del Rey Don Felipe Nuestro Señor. Hecha por Diego Muñoz Camargo, vecino y natural de la misma ciudad. Recientemente también se le ha dado del título, más corto, de Códice de Tlaxcala


Lugar donde está depositado
Se conserva en el Hunterian Museum Library de la Universidad de Glasgow, Escocia, ms. 242 [U.3.15]. 


Foja 242v. Castigos a nobles indígenas idólatras
Dentro de la sección que se ha designado como “Evangelización temprana”, se incluyó una escena del ahorcamiento de cinco personajes, además de una mujer. Todos ellos sostienen una cruz. Se agregó la puesta en la hoguera de dos indígenas. Contemplan el castigo dos frailes franciscanos y un español con vara de mando. Los textos en lengua náhuatl se refieren a que “aquí colgaron a los señores (tlahtoque)”… “los quemaron”. El texto en español en la parte inferior explica: “Justicia grande que se hizo de cinco caciques muy principales de Tlaxcala y una mujer señora de aquella tierra porque de cristianos tornaron a idolatrar y dos demás destos fueron quemados por pertinaces por mandado de Cortes y por consentimiento y beneplácito de los cuatro señores y con esto se arraigo la doctrina cristiana”. Esta acción tan drástica por parte del franciscano fray Martín de Valencia parece que fue el resultado de una persistencia muy extendida de rituales considerados como idolátricos en los que, de manera extraordinaria y peligrosa, algunos españoles estaban participando activamente (como se registró en la foja 239r).



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